De Officio Christiano Amoris Patriae
De Officio Christiano Amoris Patriae
EL DEBER CRISTIANO DE AMAR A LA PATRIA
por el Rvdo. P. Aarón de IHS León, M. C.
El amor cristiano es un orden. No es un impulso ciego ni un sentimiento disperso, sino un movimiento interior que refleja la jerarquía misma de Dios. Enseña San Agustín que la vida virtuosa consiste en amar las cosas según el orden que Dios les ha dado: “Ordo est amoris” traducido como “el orden es el amor”. Esta sentencia ilumina con claridad el lugar que ocupa la patria dentro de las obligaciones del cristiano, pues quien ama según el orden no excluye, sino que integra, y quien integra no divide su corazón, sino que lo expande hacia la plenitud del bien común.
Por ello debe mirarse con cautela a quienes afirman ser cristianos más puros por no sentir amor alguno por la patria, como si tal afecto diluyera el amor a Dios, a la Iglesia o al Evangelio. En realidad sucede lo contrario. Santo Tomás enseña con autoridad que la piedad hacia la patria es prolongación natural de la piedad hacia los padres, incluida por tanto en el cuarto mandamiento de la Ley divina. Afirma en la Suma Teológica: “Post Deum, parentes et patriam maxime venerari debemus” cuya traducción es “Después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos venerar”. Esta doctrina, asentada en la razón natural y perfeccionada por la fe, coloca el amor patrio en la esfera de los deberes sagrados, no en la de las preferencias sentimentales.
El cardenal Isidro Gomá, doctor de la hispanidad espiritual, comprendió profundamente este vínculo al describir la patria como el bien más grande del hombre después del Sumo Bien. No lo dijo desde el romanticismo, sino desde la antropología cristiana. Amar la patria es amar el hogar donde Dios nos sembró, la lengua que formó nuestra inteligencia, la memoria que sostiene nuestra alma, la tierra donde reposan nuestros padres y la comunidad que custodia nuestro destino.
La tradición filosófica lo confirma con igual fuerza. Aristóteles, y tras él Santo Tomás, afirma que “el bien común es más divino que el bien particular”. Esta convicción no es teoría muerta. Es el fundamento del sacrificio cristiano por la patria. Ninguna entrega de la propia vida es abstracta. Amar la patria significa amar a las familias, a los conciudadanos, a las generaciones presentes, pasadas y futuras. La patria no es una fotografía fija, sino una corriente viva que atraviesa el tiempo, una realidad espiritual que permanece aunque cambien las épocas. Su ser es diacrónico. Su unidad es una continuidad de destino. Su esencia es una herencia que recibimos, que vivimos y que debemos entregar mejorada.
Por eso el amor patrio, entendido desde la Milicia de Cristo, no puede ser un afecto sensorial, ni una emoción pasajera, ni una exaltación vacía. Es un amor espiritual, ponderado, crítico, orientado hacia la perfección. San Agustín advierte que el amor auténtico no es complacencia sino búsqueda, no es gusto sino elevación. Si esto es verdad respecto de Dios, también lo es respecto de la patria, cuyo amor nace del deseo de llevarla a su plenitud moral. Un patrioterismo ciego sería contrario a la virtud, porque la virtud mira la verdad y no se satisface con la decadencia. El amor que no corrige no ama, como recuerda el apóstol en su carta a los Hebreos cuando afirma que Dios corrige a quien ama.
En esta misma línea se sitúa la célebre reflexión de José Antonio cuando distingue entre la patria resultante y la patria permanente. Su afirmación no es política sino metafísica. Decía: “Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. No amamos esta ruina. Amamos la eterna e inconmovible metafísica de España”. Esta diferencia entre la patria sensible y la patria esencial coincide con la doctrina agustiniana de los bienes temporales y los bienes superiores. La patria visible puede enfermar. La patria esencial permanece. Aquella se lamenta. Esta se defiende. Aquella provoca tristeza. Esta suscita fidelidad.
Para la Milicia de Cristo lo anterior tiene una consecuencia espiritual de primer orden. El amor a la patria no compite con el amor a Dios. Es una de sus expresiones. Es moralmente imposible amar de verdad a Dios y despreciar aquello que Dios mismo ha puesto en nuestras manos como misión histórica. El cristiano no se desentiende de su tierra porque sabe que la caridad comienza, según enseña el Apóstol, en la casa propia. Quien no ama a su patria, difícilmente amará la humanidad. Quien renuncia al bien común cercano, difícilmente servirá al lejano.
La patria, iluminada por Cristo, no es un ídolo al que se rinde culto, sino un altar donde se ofrece el servicio. No es una absolución de los errores propios, sino una llamada permanente a la conversión social. No es un refugio emocional, sino una responsabilidad intergeneracional. La patria necesita cristianos que no la amen por costumbre, sino por convicción, no por nostalgia, sino por virtud, no por espectáculo, sino por sacrificio. Ser cristiano implica, por tanto, honrar la sangre de los antepasados, comprometer la propia vida y preparar una herencia digna para quienes vendrán.
Así se comprende que el amor patrio sea un acto de justicia, de piedad y de caridad. Justicia hacia quienes nos precedieron. Piedad hacia quienes nos acompañan. Caridad hacia quienes nos sucederán. Y en este triple movimiento se encuentra el corazón mismo del Evangelio, porque la caridad se expande desde Dios hacia todo lo que Él abraza.
Que el cristiano ame entonces a su patria como ama a su familia, como ama a su Iglesia, como ama el lugar donde Dios le permite servir. Que la Milicia de Cristo, heredera de la disciplina espiritual agustiniana, enseñe con claridad que el amor patrio no es un sentimiento político sino una virtud moral. Que los milicianos comprendan que la patria, iluminada por Cristo, no es un límite sino una misión. Y que cada uno pueda repetir con el Doctor de Hipona: “In te Domine speravi” cuya traducción es “En ti Señor he puesto mi esperanza”. Porque solo quien espera en Dios puede amar bien a su patria en la verdad.
---
Notas
1. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica segundo de segunda parte cuestión ciento uno artículo primero, corpus.
2. Cardenal Isidro Gomá, doctrina sobre la piedad patriótica en sus Pastorales y escritos sociales.
3. Aristóteles, Ética a Nicómaco libro primero capítulo segundo, citado y comentado por Santo Tomás.
4. José Antonio, Discurso del diecinueve de mayo de mil novecientos treinta y cinco, Cine Madrid.